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Título : EDUCACION Y DIVERSIDAD. Entre la libertad y el cuidado de sí.
Autor : 
Editorial : Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación - Universidad de la República
Descripción : La experiencia y la inquietud de sí. Es sumamente costoso desde el punto de vista espiritual y psicológico ser rechazado por simplemente ser, desplegarse, vivir experiencias. Es alto el precio que se paga por el ninguneo, el rechazo, el insulto, la simple no aceptación o reconocimiento de la diversidad. Los seres humanos -y está es una verdad llana, simple, pero la más difícil de aceptar- sólo somos iguales en tanto somos diferentes. Este rechazo social, esta “marcación” del diferente, no puede ni debe tener sólo consecuencias negativas, para el que es capaz de resistirlas, y convertirlas o “transmutarlas” en fuente de reflexión y sabiduría. El punto de partida para la reflexión que ofrecemos aquí es que todos podemos comprender qué significa ser “otro”, porque todos somos otros y siempre somos otros en la medida que nos lanzamos a la experiencia. Pues experimentar es eso: lanzarse, permitirse  la diferencia, el pasaje, el devenir en la aparente o construida mismidad abstracta de la vida misma. Cuando ya no nos remitimos a un modelo único y repetitivo  de nosotros mismos, cuando no nos miramos en el espejo “fijo” de lo esperable, lo estipulado, lo convencional, desde el punto de vista social y dominante y nos permitimos la experiencia, cada vez, somos otro. Giorgio Agamben dice algo que me llama profundamente la atención, dice que estamos en una época de pobreza de experiencia.  La experiencia que se “vende” estandarizada,  empaquetada, no es una verdadera experiencia. Estamos anestesiados contra la experiencia. Tener una experiencia no sólo significa aceptar la incertidumbre, lanzarse a lo desconocido, sino también tener el valor o el coraje de permitirme construir mi propia alteridad constitutiva. A través de la experiencia podemos entender la paradoja  de que soy más “yo mismo”, en la medida que me permito ser diverso. Ya sabemos que la homogeneidad puede ser entendida como una especie de artificio cultural de una clase de seres humanos que perpetúan un modelo a partir de relaciones de poder, un modelo que se presenta a sí mismo como el único valioso a partir de una relación de dominio. También sabemos que esto no sólo empobrece al supuesto otro, sino y sobre todo al supuesto “mismo” (desde ahora, desde una relación de dominio, el “mismo” es el patrón de conducta y de valor y el “otro” es el diferente no reconocido, negado o desvalorizado).  Hay que permitirse “ser”, esto quiere decir ser otro cada vez, tener una riqueza de experiencia. En este sentido adquiere plenitud la importancia del precepto délfico, “conócete a ti mismo”, que en la filosofía y educación de la antigua Grecia implicaba también una inquietud de sí (epimelia heautou). Conocerse a sí mismo, entre otras cosas, quería decir conocer las propias limitaciones, en cuanto a lo que se refiere a la condición humana. Pero también, trabajar en aquellos aspectos de mí mismo  que dependen de mí, en tanto propios de la espiritualidad o en tanto ámbitos del ejercicio de la libertad humana. Un gran filósofo que sigue esta tradición griega es Epicteto, por ejemplo.  Decía que había que saber diferenciar lo que depende de nosotros de lo que no depende. ¿Qué depende de nosotros? Pura y exclusivamente, en síntesis y en términos más modernos, la perspectiva. La mirada con la que miramos las cosas (valga la redundancia), el horizonte o en términos más usados por la filosofía contemporánea, la capacidad hermenéutica. Como decía F. Nietzsche “no existen hechos, sólo interpretaciones”. Es importante cambiar las condiciones materiales y económicas de la sociedad para cambiar las ideologías dominantes.  Con Marx mediante, no dudo de ello. Pero el centro neurálgico de una educación que tenga como mayor valor la libertad, que implica el reconocimiento de la alteridad dentro y fuera de mí, deberá educar en la capacidad que los seres humanos tenemos de “perspectivear”, usando un neologismo, sabiendo que un objetivo importante de nuestra posibilidad de emancipación y por ende de empoderamiento es nuestra capacidad de mirar con sentido propio, con juicio propio y a partir de un conocimiento profundo de mí mismo y de la naturaleza humana, cómo he de interpretar las situaciones de la existencia. En este marco coloco el tema de educar en la diversidad, entre la libertad y la inquietud de sí.  Ya Sócrates en el siglo V estaba preocupado porque Alcibíades (su enamorado) pretendía ser político, cuando no se había preocupado por conocerse a sí mismo.  Esto implicaba una inquietud de sí, un cuidado de sí, la posibilidad nada menos de desplegar y conocer las posibilidades de su propio ser (más que interesante, dado que esto implica que uno no puede dedicarse a gobernar a los demás si primero no es capaz de gobernarse a sí mismo).  En este marco decimos que el desconocimiento o el no reconocimiento o la negación de la diferencia es una falla que fractura toda la malla social, y termina empobreciendo toda la experiencia y la capacidad de ser (y para nosotros el ideal máximo de la educación es la  posibilidad de estimular el despliegue de lo humano en todo su alcance). Otros se han ocupado de criticar a la sociedad que niega y margina la diferencia. Yo hoy me quiero ocupar de la preocupación por sí, de cuánto me dice de mí mismo y del otro la negación de la alteridad. En este marco quiero advertir la posibilidad del gueto como receptáculo de la exclusión social. Mi temor es que la figura del gueto, como receptáculo del otro negado, puede ser un sitio de reconocimiento pero también de negación de la alteridad y en ese sentido un factor que puede terminar negando o empobreciendo la experiencia. Peligros del gueto como la figura del otro excluido “Todos los recursos del poder se vuelven contra el individuo tanto para señalarlo como para marcarlo” M. Foucault El otro negado en nuestra cultura puede no responder pasivamente al desconocimiento y la negación. Existe un receptáculo conceptual y vital por excelencia del diferente negado, que denominamos en este contexto gueto (más allá de las figuras concretas e históricas que esta experiencia ha tenido). Cuando hablamos de diversidad como ideal ético, no nos referimos a un supuesto cosmopolitismo tipo neoyorquino en el que lo diverso es lo que convive cada cual en su gueto sin reconocer la diversidad que nos constituye a todos, sino a una interioridad asumida como diversidad en todo el espacio individual, social, cultural y político. Existen varios aspectos a destacar: a)      El gueto existe en tanto que las personas que lo integran asumen una misma identidad. El estar en el gueto les permite preservar dicha identidad. b)      La intolerancia social genera el gueto. La intolerancia necesariamente fragmenta, disgrega. El gueto se transforma así en una fortaleza humana contra un exterior salvaje y excluyente. Es curioso, pero el gueto se produce por la intolerancia y la genera, porque el gueto es lo susceptible de sospecha. Es lo que se conforma a través de la exclusión (que también puede ser autoexclusión): “Lo mismo” señala, -he ahí el otro-, y el otro consciente, conforma el gueto. c)      El gueto afirma más que negar la otredad que el otro imputa (pretende devenir del otro excluido al otro legítimo, nuevo original). La figura del gueto afirma lo que pretende negar: la exclusión. Es el receptáculo de la diferencia (es decir de una otredad que se mantiene dentro de una supuesta “totalidad” dominante). d)      También la figura del gueto puede desconocer la diferencia, en tanto se reconozca como lo otro  a partir de la “mismidad” (como parámetro dominante). Al hacerlo, reproduce la lógica existente. En definitiva, ¿qué mejor para “lo mismo” tener identificado al diferente en el gueto? El diferente no es él o ella, es el “otro” que habita en el gueto.  No es susceptible de confundirse, no habita en su familia ni en su propio ser. El lugar de la otredad negada es el gueto. Esto genera la moral del hipócrita.  El otro es el otro, no yo. Nadie puede decir que yo sea el otro, no habito en el gueto, adopto la conducta del “mismo”. El “mismo” habita la totalidad, el otro el gueto. A la vez el habitante del gueto no tiene más remedio que ser veraz, cree que en el gueto puede ser “él mismo”, lleva el estigma de Caín en la frente (el “estigma” del diferente reconocido y excluido). Se ha atrevido o lo han obligado a hacer visible una identidad. Busca legitimidad, la ventaja es que ahora no está sólo. No soportó más la moral del hipócrita. Se identificó como el otro, luego ocupó su lugar de lucha- protección, enfrentó su verdad-exclusión el gueto. No soportó más la escisión. Adoptar la actitud del “mismo”, reírse, burlarse, asesinar al otro, seguir ocultando al otro que hay en él. A la vez visto desde el punto de vista del “mismo”, el otro lo resguarda de reconocer al otro que hay en él. El gueto defiende al mismo del “conócete a ti mismo”. Lo ayuda a ocultarse. En vez de reconocer su alteridad dentro de sí, perpetúa su realidad escindida. En el gueto están los anormales, los locos, los mal aprendidos, los “idiotas”, en definitiva, los diferentes. En el gueto está el mal. Ahí sólo puede generarse la moral del resentimiento, dicen los mismos desde la totalidad. Sin embargo el resentimiento nace con más fuerza del lado de la “totalidad” excluyente. Por un lado existe la frustración por lo que no se pudo o puede evitar. Ante la evidencia (las fuerzas de la represión, las fuerzas del poder no fueron tan eficaces) el gueto es una bofetada para la totalidad dominante, pues ésta se sueña sin afuera (éste es su ideal), aunque sea la misma lógica excluyente la que genere el gueto. Se preguntan los mismos: ¿cómo pudieron pasar, cómo pudo existir esta feroz grieta en la naturaleza? Por otro lado existe la “envidia”, consciente o inconsciente. No todos tienen la capacidad de revelarse contra lo constituido, contra lo legitimado. No todos son capaces de asumir su otredad como diferente de, no todos tiene la suficiente fuerza para romper con la moral del hipócrita. Es también para mantener la cordura que el otro se “enguetiza”. Para hacer posible una sociedad en el que el gueto no sea necesario, donde la diversidad sea posible, reconocida, una sociedad donde “todos quepan” (como decía el movimiento zapatista). ¿Acaso no existe una manera de romper con la hipocresía sin caer en el gueto?, ¿una sociedad en la que el gueto no sea necesario? ¿En  qué medida adentrándome en toda la otredad que soy, a través de lo que habíamos mencionado como el “conócete a ti mismo” ligada a un cuidado de sí, no me creará un dispositivo de tolerancia y mucho más de comunión, con todos los otros que están fuera de mi?  Es decir, superará el mismo y el gueto en la figura de la afirmación de la diversidad que nos constituye y define como humanos. ¿Quién es el Otro? Educar en la diversidad implica entre otras cosas, educar en la libertad y en la autonomía. Ayudar a ocuparse de sí, a generar en el sujeto la posibilidad de construir un criterio propio desde el que poder mirar y mirarse, para entender que lo que me estigmatiza o pretende hacerlo, estigmatiza al otro, limitado, constreñido en su propia experiencia, a reconocer su propia alteridad y la del otro. A estar sometido a un criterio que empobrece su mirada, lo ajusta al criterio dominante, lo resguarda su propia diferencia y en este sentido, empobrece su propia experiencia. Hay un ejemplo paradigmático que me muestra la relatividad de la diferencia: Alicia en el País del Espejo.  Lewis Carroll narra el encuentro entre Alicia y el Unicornio: -Siempre creí que se trataba de un monstruo fabuloso -exclamó el unicornio- ¿Está viva? -Al menos puede hablar- declara solemnemente Haigha-. El Unicornio contempló a Alicia con una mirada de soñador y le dijo: -Habla, niña.  Alicia no pudo impedir que los labios se le curvaran en una sonrisa mientras rompía a hablar diciendo: -¿Sabe una cosa?, yo también creí que los Unicornios era monstruos fabulosos. ¡Nunca había hablado con uno de verdad! -Bueno, pues ahora que los dos nos hemos visto el uno al otro -repuso el Unicornio- si tú crees en mí, yo creeré en ti. ¿Trato hecho? -Sí, como guste -contestó Alicia (134: cursivas son nuestras). ¿Quién es el otro?  ¿El que me mira o el que mira? En realidad el otro somos todos. La mismidad es un “cuento” perpetuado por el poder. “Mira en el espejo al otro, al otro que va contigo”, como decía Antonio Machado. Este diálogo muestra una situación paradigmática  de encuentro con el otro absolutamente distinto. Pero acá la otredad es definida como punta de vista, en realidad porque todos somos otros. El otro es otro (“monstruo fabuloso”) según el punto de vista y el criterio del que mira. El otro no es solamente el que veo, sino el que me ve. Hay otro texto interesante  que nos muestra que reconocer el otro que rechazamos fuera de nosotros, pero nos constituye, en tanto que alteridad, nos permitiría abrir en nosotros otras dimensiones de nuestro ser y la posibilidad de construir relatos acerca de nosotros más pluralistas. El análisis de como el yo narcisista expulsa fuera de sí lo familiar y entrañable que percibe como inquietante (sexualidad femenina, pulsión, muerte) y lo convierte en siniestro, explica también la construcción psíquica de le extranjería, inquietante, siniestra por ser inmanente. Extranjero es lo familiar rechazado hacia fuera y hacia adentro, reprimido y proyectado. Radicalmente otro es mi propio inconsciente, que de esta manera deviene impropio, angustioso, irreconocible, imposible (Eugenio Fernández, 1995: 65) De esta lógica el autor propone: Reconocer que nosotros mismos estamos escindidos cuestiona la pretensión de integrar extranjeros. Este reconocimiento tiene efectos no desdeñables: en la medida de que todos somos extranjeros de nosotros mismos, nadie es extranjero. Los extranjeros no son los otros. Quienes se sabe extranjeros pueden formar sociedades pluralistas, heterogéneas, paradójicas, humanamente habitables (Ibíd.: 67)  Se trata de favorecer una educación que implique el desarrollo de la diversidad, que promueva el respeto al otro como otro y que parta de respetar el “otro” que hay en mí. La identidad es algo que se construye y no que se “descubre”, los alimentos más importantes para el desarrollo pleno de la personalidad están ligados a los valores de la libertad, el respeto, la responsabilidad y el cuidado. Pero esta identidad en su construcción está llena de otros internalizados, de la mirada de los otros que reconocen o desconocen, niegan o rechazan mi alteridad y la de ellos mismos.  Una experiencia humana a partir de una ética del reconocimiento de la alteridad implica el descentramiento de un “sí mismo” como centro o  norma. Esto es, no hay una única manera de ser humano, sino muchas, claro que toda ética de la diversidad implica una “ética mínima” de respeto a la diversidad en un sentido igualitario como norma universal, aunque histórica y contingente, así como el respeto a los derechos humanos elementales de todos.   Referencias bibliográficas ·        Agamben Giorgio (2001) Infancia e historia, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires. ·        Carroll Lewis (1995) Alicia en el País del Espejo, Alianza Editorial, España. ·        Díaz Genis, Andrea (2004) La construcción de la identidad en América Latina. Una aproximación hermenéutica, Nordan Comunidad, Montevideo. ·        Fernández Eugenio (1995) “El otro que me habita” en La Balsa de la Medusa,  España. ·        Foucault, Michael (2002) La hermenéutica del Sujeto, Fondo de Cultura Económica, México.        
URI : http://biblioteca-repositorio.clacso.edu.ar/handle/CLACSO/46393
Otros identificadores : http://www.fermentario.fhuce.edu.uy/index.php/fermentario/article/view/14
Aparece en las colecciones: Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación - FHCE/UDELAR - Cosecha

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