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Campo DC Valor Lengua/Idioma
dc.creatorTrevilla Espinal, Diana Lilia-
dc.creatorEstrada Lugo, Erin I. J.-
dc.creatorBello Baltazar, Eduardo-
dc.creatorNazar Beutelspacher, Austreberta-
dc.date2016-09-01-
dc.date.accessioned2022-03-23T19:35:27Z-
dc.date.available2022-03-23T19:35:27Z-
dc.identifierhttps://revistas.ecosur.mx/ecofronteras/index.php/eco/article/view/1660-
dc.identifier.urihttp://biblioteca-repositorio.clacso.edu.ar/handle/CLACSO/115910-
dc.descriptionDesde el concepto de sostenibilidad de la vida se pueden vislumbrar aspectos no monetarios ni contabilizados en la lógica económica, pero que permiten considerar todas las formas en las que las personas satisfacen sus necesidades, específicamente aquellas cuya atención está a cargo de las mujeres.Sostenibilidad y vida   El concepto de sostenibilidad ha tenido auge en las agendas políticas y económicas desde que se dio a conocer en el Informe Brundtland en 1987 –de la Organización de las Naciones Unidas–, para hacer referencia a los efectos y perjuicios de las acciones humanas sobre el medio ambiente. Se refiere a la necesidad de crear y aplicar políticas que protejan los recursos naturales para garantizar su uso a las generaciones presentes y futuras; en este contexto, el apoyo a la agricultura familiar resulta pieza clave para lograrlo.   No obstante, los conceptos de familia y sostenibilidad no siempre se abordan de manera integral. Aunque en la agenda de los organismos internacionales la sostenibilidad se ha enfocado principalmente a la dimensión económica, lo cierto es que tiene puntos de partida que responden a objetivos y visiones del mundo desde donde se enuncia.   Desde la visión economicista clásica, la sostenibilidad apuesta a la producción y reproducción del sistema capitalista actual; en cambio, desde el punto de vista de la sostenibilidad de la vida –cuyas raíces se encuentran en la economía feminista[1]– se cuestiona la continuación de un sistema económico desigual en ámbitos sociales y destructivo respecto a los ciclos geofísicos del planeta; a la par, se propone mirar hacia todas aquellas actividades, trabajos, perspectivas y saberes que siembran la posibilidad real de que la vida continúe en términos humanos, sociales y ecológicos, es decir la reproducción de la vida entendida con el conjunto de actividades, tiempos, actoras/es, condiciones, recursos, relaciones sociales, económicas y políticas que cuidan la vida, tal como asegura la especialista Cristina Carrasco. Esto implica forzosamente visibilizar a las personas que realizan las actividades o poseen los saberes, sean mujeres o varones de cualquier edad.   Por su parte, la agricultura familiar es una de las constantes cuando se habla de los sistemas de organización social más eficientes para el trabajo productivo, aunque también es fuente de valor en términos de reproducción social. Es importante mencionar que en la familia existen actoras y actores con diversas funciones, tareas, espacios, trabajos, responsabilidades y beneficios, todos los cuales están influenciados por lo que la cultura les asigna, pero también por lo que cada quien se apropia y encarna.   En Chiapas, la cafeticultura y la milpa son claros ejemplos de agricultura familiar. De acuerdo con una investigación realizada en 2015 en Tenejapa, municipio de la región Altos tsotsil-tseltal, ambos cultivos contribuyen al sostenimiento de la vida de quienes integran la familia. La cosecha de la milpa garantiza gran parte de la alimentación a través del autoabasto (proporciona maíz, calabaza, frijol, y otras plantas comestibles y medicinales). De los cafetales se obtiene un ingreso significativo por la venta de la cosecha, el cual contribuye al gasto familiar para comprar insumos tanto alimentarios como de otro tipo, por ejemplo: pasajes, útiles escolares, ropa, muebles, artículos de limpieza, pago de servicios básicos, entre otros.   En el entramado de relaciones que se generan tanto en la milpa como en los cafetales, las mujeres y las personas jóvenes desempeñan papeles fundamentales que por lo general quedan invisibilizados, ya que en el imaginario social se concibe la agricultura familiar como algo neutral, es decir, como si todos los miembros de la familia se encontraran en la misma condición social, y a su vez, se piensa al sector campesino como un conjunto de hombres adultos. Cabe mencionar que estos hombres son los propietarios de la tierra en la mayoría de los casos.   Si bien existe participación de toda la familia, también es cierto que queda mucho por explorar sobre las relaciones e interacciones de poder y participación de cada uno de los miembros, tomando en cuenta que hay asimetrías y conflictos de intereses dentro de los propios grupos domésticos o familias, ya que reflejan diferenciaciones sociales, muchas de ellas basadas en el género y las generaciones.   En ese sentido, tanto los jóvenes como las mujeres (desde las niñas hasta las adultas mayores), a partir de la incorporación de la siembra de café a sus vidas, han tenido que adentrarse en otras labores y actividades orientadas hacia el cultivo comercial, además de las asignadas socialmente de acuerdo con los roles tradicionales de género. Es importante visibilizar el conjunto de estas modificaciones pues existen amplias diferencias en el tipo de labores, las horas trabajadas, así como el acceso y usufructo de los recursos generados, respecto a los hombres adultos.   Mujeres   En diversas zonas del estado de Chiapas, las mujeres indígenas en su mayoría se encuentran en áreas rurales, con altos índices de marginación, y sus principales actividades las realizan en la agricultura, es decir, son mujeres campesinas. Además, en su cotidianidad realizan distintas tareas que abarcan: sembrar, limpiar, vender, cosechar, cargar leña, cortar flores, ir a reuniones, poner abono, cuidar borregos, hacer artesanías, vender lana, regar flores, hacer hortaliza, cosechar fruta, limpiar poblado y casa ejidal, administrar dinero, cortar frijol, cuidar el cafetal, traer y vender elotes, cortar y moler café, asolearlo, criar pollos, fumigar, limpiar monte, tapiscar, tortear, lavar ropa, hacer comida. En ocasiones también se emplean como trabajadoras domésticas.   Las mujeres indígenas y campesinas participan tanto del trabajo agrícola como de las actividades domésticas, ya que están presentes en la agricultura dentro de una unidad de producción familiar, pero sus actividades son inseparables de las del hogar en su conjunto. Producen y reproducen la vida, garantizando ingresos económicos que contribuyen a la economía familiar y en ocasiones incluso son quienes encabezan el rol de abastecedoras de sus familias, sin dejar de lado todas las actividades culturalmente asignadas a su sexo, es decir, los trabajos domésticos y de cuidados.   En el actual modelo económico, la producción de alimentos se enmarca dentro de la lógica neoliberal, cuyos efectos inciden en la organización económica y política, y trastocan todos los campos de la vida social. Sus principales manifestaciones son la exacerbada acumulación y concentración de la riqueza en unos cuantos, sobre todo empresarios y financieros de trasnacionales; la firma de tratados de libre comercio que dejan en desventaja a los países periféricos apoyados por el debilitamiento del Estado y el recorte al gasto social; la precarización laboral que obliga a cada vez más sectores empobrecidos a migrar. Todos estos cambios han modificado la división sexual del trabajo en detrimento de las mujeres, sobre todo de las rurales, campesinas e indígenas quienes se sobrecargan cada vez más de actividades productivas y reproductivas.[2]   Jóvenes   Las niñas, niños y jóvenes también participan en las actividades agrícolas y las mujeres van a trabajar el campo en grupos con niñas, jóvenes y con sus bebés. Aunque se habla de la participación de mujeres y jóvenes, sus tareas suelen ser obviadas y poco reconocidas. Varias de sus actividades tienen un carácter relacionado con los roles de género en su contexto; por ejemplo, los hombres jóvenes y niños, quienes en el espacio doméstico deben cargar leña; algunos de ellos aportan a la limpieza ya sea a través del lavado de su propia ropa, o bien, barriendo y limpiando el patio.   Por otro lado, las mujeres jóvenes y niñas se encargan de las tareas domésticas en general, como lavar ropa, cocinar, barrer, limpiar la casa, hacer tortillas, calentar el café y cuidar a los hermanos y hermanas menores. Además de las tareas en la casa, todas y todos trabajan en el campo, ya sea en la milpa, en el cafetal o en ambos.   Reflexiones finales   Desde el concepto de sostenibilidad de la vida se pueden vislumbrar aspectos no monetarios ni contabilizados en la lógica económica, pero que permiten considerar todas las formas en las que las personas satisfacen sus necesidades, específicamente aquellas cuya atención está a cargo de las mujeres. El panorama sería aún más desolador sin la participación de ellas, y mermarían las capacidades para sobrevivir biológica, social, comunitaria e incluso afectivamente, pues el conjunto de las estrategias son parte de una red interdependiente, relacionada permanentemente en lo cotidiano.   Mujeres y jóvenes contribuyen al mantenimiento de la economía familiar, pero no solo desde el punto de vista del ingreso, sino también de la economía doméstica y de cuidados, es decir, desde la parte agrícola, la coordinación de labores para la alimentación, el cuidado de los pequeños y adultos mayores, la salud, el trabajo en los huertos familiares, la limpieza y todas las actividades que asumen y aprenden desde la infancia. Las niñas y las jóvenes toman su papel de madres-hijas, independientemente de si asisten a la escuela o no, y su vida se construye por múltiples dimensiones sociales y culturales. Como señala Ana María Salazar en su estudio de la transformación histórica de las mujeres en Chiapas de 2011, constituye una sabiduría empírica que da cuenta del enorme esfuerzo humano que asegura la supervivencia.   Por otro lado, es frecuente que las condiciones de precariedad económica generen la migración forzada, provocando que los varones adultos trabajen en otros lugares, lo cual implica que se vayan a otras comunidades, ciudades o estados en una desventajosa y forzada integración al trabajo, dejando en sus comunidades estragos debido a la desintegración familiar y comunitaria.   La vida de mujeres y jóvenes se construye por múltiples dimensiones sociales y culturales, y se vincula con la lucha diaria por sostener la vida. Se trata de un entramado de relaciones sociales, de un proceso histórico de reproducción social para la satisfacción de necesidades, no solo desde el punto de vista económico aunque requiere de recursos materiales, sino de tomar en cuenta que las relaciones de cuidado y afecto son fundamentales y muchas veces se brindan de manera no remunerada, en condiciones de desigualdad al interior de los hogares. Por esto, es preciso reconfigurar las relaciones de poder y priorizar el reparto de las tareas y recursos necesarios para la reproducción de la vida.   1 La economía feminista cuestiona el sistema socioeconómico y las consecuencias que ha originado en lo que se ha nombrado crisis civilizatoria; le apuesta a otras formas de organizar la economía más allá del capitalismo y el colonialismo, poniendo en el centro la vida, por lo tanto, propone la sostenibilidad de la vida en términos de justicia social y no de mercado. Autoras: Amaya Pérez Orozco, Mariarosa Dalla Costa, Silvia Federicci, Cristina Carrasco, Anna Bosch, entre otras.   1 Por trabajos y actividades reproductivas se entienden todas aquellas tareas destinadas al cuidado, la limpieza, el abasto, que desde el punto de vista de la economía convencional no pueden ser contabilizadas, por lo tanto, la mayoría son no remuneradas e invisibilizadas; gran parte están a cargo de mujeres y niñas y se consideran tareas “femeninas” o bien, feminizadas. No obstante, si no se realizaran, no sería posible que la sociedad funcionara como hasta ahora. Desde el punto de vista de algunas feministas, se debe cuestionar a quiénes beneficia y a quiénes perjudica –en términos sistémicos e interpersonales– el hecho de que los cuidados para la reproducción de la vida no sean compartidos ni considerados una responsabilidad colectiva.     Diana Lilia Trevilla Espinal es asistente de investigación del Departamento de Salud de ECOSUR San Cristóbal (diana.trevilla@gmail.com), Erin I.J. Estrada Lugo (eestrada@ecosur.mx) y Eduardo Bello Baltazar (ebello@ecosur.mx) son investigadores del Departamento de Agricultura, Sociedad y Ambiente, ECOSUR San Cristóbal. Georgina Sánchez Ramírez (gsanchez@ecosur.mx) y Austreberta Nazar Beutelspacher (anazar@ecosur.mx) son investigadoras del Departamento de Salud, ECOSUR San Cristóbal.     Ecofronteras, 2016, vol.20, núm. 57, pp. 10-13, ISSN 2007-4549. Licencia CC (no comercial, no obras derivadas); notificar reproducciones a llopez@ecosur.mx    es-ES
dc.formatapplication/pdf-
dc.languagespa-
dc.publisherEcofronterases-ES
dc.relationhttps://revistas.ecosur.mx/ecofronteras/index.php/eco/article/view/1660/1605-
dc.sourceEcofronteras; Vol.. 20, núm. 58, septiembre/ diciembre 2016; 10-13es-ES
dc.subjectMaízes-ES
dc.subjectMilpaes-ES
dc.subjectCafées-ES
dc.subjectInteracciones socioambientaleses-ES
dc.titleSosteniendo la milpa y el cafetal: Mujeres y jóvenes por la defensa de la vidaes-ES
dc.typeinfo:eu-repo/semantics/article-
dc.typeinfo:eu-repo/semantics/publishedVersion-
Aparece en las colecciones: El Colegio de la Frontera Sur - ECOSUR - Cosecha

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