Resumen:
Al pensar en Barranquilla y su espacio público, lo primero que surge es la imagen de una ciudad vibrante, donde la imaginación juega un papel central para anticipar lo que se verá, se conocerá y se vivirá. Se evoca una ciudad industrial y fragmentada, moldeada por cuerpos de agua que desbordan los arroyos y se extienden como espejos hacia el horizonte. Vienen a la mente sus colores intensos, la calidez de su gente, sus comidas emblemáticas -como la arepa de huevo, la carimañola, la butifarra o la bandeja de fritos-, su carnaval, el baile, la vida que transcurre en calles y muelles. Pero también emergen imágenes de congestión, contaminación, inseguridad, basura y deterioro de las infraestructuras. Así, Barranquilla parece encarnar una complejidad que solo puede comprenderse en la vivencia directa, en la experiencia misma de caminarla.